Wednesday, May 14, 2008

Chayanne

Incluso durante mi estancia en la placenta me apetecía ser felíz. Pero entonces nací así y aquí y no ha sido nada fácil. Es como si todos estos años hubiera estado atrapada en un concierto eterno de Chayanne. La gente grita y luce extasiada por algo en lo que yo nunca puedo participar. Dios sabe que lo he intentado. Puse tanto de mi parte para integrarme, corear sus baladas y que se vieran estas palmas llevando el ritmo, pero me sentía fuera de lugar. Todo este tiempo me la he pasado escondida bajo la butaca, con pedazos de servilleta tapando mis oídos, cansada de llevar conmigo bolsitas de plástico para el vómito. Yo lloro porque a pesar de todo, aún mantengo el estilo de vomitar en bolsitas de plástico. Aún me importa. Mi única salida es cuando me permiten ir al baño. Es como si la mirada lasciva de Chayanne estuviera posada en mí cuando más invisible necesito ser. Todos tenemos el derecho a fugarnos si se nos da la gana, simplemente desaparecer sin dar explicaciones a nadie ni perdir permiso, pero es imposible cuando Chayanne es tu opresor. Porque no importa si robas la identidad de otro y amaneces al día siguiente lavando excusados en alguna ciudad europea, o si vas a un país menos foqued que el tuyo a hacer un diplomado en cualquier ocurrencia, Chayanne siempre te seguirá. Es imposible empezar de cero, porque Chayanne ni siquiera permite un sistema numérico para contabilizar lo foqued. Todo está así, foqued y ya, ni intentes escarbar entre los escombros, contar los daños y las víctimas. Es más, córtate los dedos. Siento que Chayanne se ha colado a lo más profundo de mi existencia, me ha robado. A mí me va mal, así, en general, y es por culpa de todo esto a lo que llamo Chayanne. También lloro porque no tengo nadie a quién contarle mis historias sórdidas para hacerle conciliar el sueño.

En el autobús voy sentada junto a una señora aborígen que habla un idioma enigmático para mí, no me quiere cambiar el lugar porque está segura de que el chofer nos regañará. El chofer es su Chayanne. Yo le digo que nada malo va a pasar, o nada peor que morir y ya: "señora, por favor cambiemos de lugar que de todos modos moriremos algún día", son mis fallas en el discurso persuasivo, y ella mira raro el estilo fatalista xxx en el camino a mis vacaciones, saboteando la diversión a cualquier precio. Es que así me he curtido en esta penitenciaría al aire libre y poluto. Luego son como las 2 am y la señora no puede dormir porque le da miedo la carretera, ni siquiera aprovecha su asiento para ir menos estresada. Yo veo esa peli de Will Smith donde la hace de un aspirante a broker que le va mal en todo, te dan ganas de estrangularlo porque es el sujeto más perdedor, él de plano se ha metido hasta el camerino de Chayanne. Comprendí entonces que en el fondo siempre me han gustado los melodramas, las tonterías y lo simplón, los personajes con motivaciones inverosímiles y absurdas, los malos y los buenos, los ganadores y los perdedores. Yo soy súper perdedora y buena. Una pocilga-pilgrim. Y la historia de este personaje termina en final feliz, un asesote bajo la manga, una bofetada con la mano mojada: el sujeto se vuelve un millonetas de Wall Street. Yo quisiera ser millonetas también, pero sobre todo quisiera bajarme ya del autobús, a mí que me boten en medio de la carretera, ahí al lado de las reses y las ardillas. Mi intuición me llevaría a seguir el curso de las aves borrachas de sueño y terminar ahogada en un río de desagüe, así llego más rápido al océano que tantas ganas tengo de ver. Es que me gustan los atajos, las ventajas que no me da la vida las convertiré en trampas cuando me siente a jugar todas mis cartas en una mesa de discapacitados mentales. Así no vale, me dice una voz, pero yo la ignoro. He entrado de lleno al círculo vicioso. Me preguntas si mi caso es como una especie de David contra Goliat, nada de eso. Tengo enfrente y encima y me envuelve un monstruo bobo, podrido y peligroso, pero yo no tengo ingenio, soy más como un enano cojo y chimuelo que careció de ácido fólico durante esos meses clave en la formación del embrión. Entonces me las arreglaré como pueda, pero lo más seguro es que nunca nadie me quiera cambiar el asiento, aunque se trate sólo de un maldito asiento... es más, ni siquiera me cambiarían el sarcófago o la urna; la dejarán caer y luego, a barrer.

Ya llegué a mi destino, qué bueno porque no siento las piernas. Compro una paleta helada y tomo fotografías al paisaje y al señor que me vende la paleta. Esto sí que es destino; hace muchos años estuve en estas calles, yo era fuerte y podía desafiar a Chayanne, mi familia estaba completa y no hacíamos más que comer helado y reír, era tan bueno todo, yo nunca supe qué era vomitar. Se lo cuento a mi mamá por el celular y la hago llorar, cambio el tema y le digo que el señor de las paletas me ha llamado "preciosa". Colgamos, me instalo, arrojo mis pertenencias por ahí, me pregunto a qué hora empezará a salir todo mal, pasa un día y nada, ya me estoy poniendo de malas, yo quiero que todo se derrumbe y sólo me toca subir a un cerro y ver el océano y el atardecer, estoy sentada muy cerca del precipicio y el vigoroso viento me llena los pulmones de abrumador olor a mar, lástima que mi mamá no comió suficiente salmón con omega 3 durante el embarazo porque tengo pulmones subdesarrollados. Qué bueno que un atardecer sea sólo para mí, y súper que el mal está en suspenso aquí y ahora; podría estar en mi casa haciéndome una mascarilla de pepino, un exudado nasofaríngeo o cualquier otra actividad, siempre hay algo peor. Yo sí que estoy sola en esto, ahora bajaré como pueda. Me acosan hordas de hippies vendedores de collares, cae la noche y me siento en la arena frente al mar que luce negro y no puedo escucharlo porque los hippies transmiten por altavoces wattzillescos a manu chau y cumbias, empiezo a ambientarme al mal, al daño, sólo me le había adelantado unos cuantos kilómetros. Pienso en muchas cosas, mojo mis pies y sólo eso en el mar porque éste se empeña en expulsarme, será acaso mi fealdad, mi desánimo. Espío a los turistas desde la comodidad de mi hamaca y mis gafas de sol. A mí gustaría quedarme en este tránsito, volverme una turista de por vida, observar a todos y no conocer a nadie, ojalá que alguien de aquí se apiade de mí y me lleve lejos, pero para ese fin yo no movería nunca un dedo, es que yo soy así. Sólo le dirijo la palabra al mesero, no puedo afirmar que hemos entablado una amistad, pero sí lo he solicitado con cierta frecuencia. Está bien, tampoco soy tan quejumbrosa y en algún momento tendré que regresar a mi rutina, pero quiero decirte que debiste llevarme contigo.

Yo no sé qué va a pasar en las próximas semanas, es que no tengo ni idea. Pero lo que tú puedes hacer es salir de tu lindo apartamento, luce ya esa gomina en el copete y observa que sólo a pocas cuadras hay un pantano, y al sapo sobre la rama de pronto se lo come un cocodrilo, así es: hay personas que simplemente son sapos, pero no sapos a secas, sino sapos que decepcionarán a todos sus amigos antes de su entrevista con el cocodrilo. Llegarán tarde a todo, escribirán sobre aquello que los aqueja y de lo que se arrepienten, intentarán agradarte pero preferirán irse a dormir, de ahí no pasa y luego el acta de defunción o un diagnóstico terminal. Saldrán a echar un vistazo a libros sobre diseño mediterráneo de quién sabe qué, mirarán esas hermosas fotografías del ocáno azul profundo desde su posición de sapos, sapos atrapados en un concierto eterno de Chayanne.

Sunday, May 11, 2008

Digest del fin de semana

Qué bien que el viernes en la noche fui al centro comercial y me compré unos pants que me quedan chicos sólo porque tenían 50% de descuento, no pude probarme otras prendas en barata porque en la sección de deportes suelen poner la música a un volumen muy incómodo, además de que su selección siempre incluye a Enrique Bunburi y otros éxitos del rock en tu idioma que comprometen mi estado espiritual, así que tomé mis cosas y me acerqué a las máquinas expendedoras de gaseosas refrescantes, bebí un Sprite sin calorías y fui al departamento de computación, donde estuve jugando con una Mac gigante y los efectos del Photobooth; un niño se burló de mi deformidad en la pantalla y eso es algo que me agradó en extremo, incluso estuve experimentando con algunos ángulos e iluminación para enfatizar mi fealdad hasta que uno de esos amables jóvenes con gafete de Apple me preguntó si me podía dar información sobre la máquina y yo le dije que no, que sólo me interesaba jugar. Luego fui al restaurante para aprovechar que tenía un poco de $ en mi monedero electrónico pero ya no habían las golosinas que tanto me gustan y sentí una ligera decepción, subí cabizbaja por las escaleras eléctricas, sin ganas de prestar atención a los aparadores y a las ofertas. Regresé a casa y vi el más reciente episodio de Lost, qué bueno que me entusiasmó porque lo mío son los viajes en el tiempo y los multiversos, que a estas alturas de la serie, ya son temas abiertamente explorados; de hecho hace unos pocos días, durante mis vacaciones, me sentí muy desconectada de todo, como fuera de lugar, hasta que aconteció una extraña y repentina ambientación durante el segundo día de mi estancia: me hice parte del paisaje, y no entiendo cómo, pues ni lo intenté. Luego sentí un "llamado" a quedarme ahí durante unos cuantos años, en silencio vendiendo helados y paletas de grosella a los paseantes, pero no seguí mis instintos y regresé, a lo mismo y todo eso. No es tan malo. Pero ese evento no lo veo desconectado del todo, de hecho es absolutamente imperativo que la gente ignore estos desfases, estas triquiñuelas electromagnéticas, que mejor atribuyan todo a su voluntad y su sentido de la lógica, es necesario aferrarse a algo comprobable. Después de Lost leí sobre las teorías del multiverso y me quedé dormida hasta el sábado como a las 11 que me habló mi amiguis para ir a comer, fuimos a WTC que luce estupendamente bien sin gente y vimos una peli llamada Verano '04 que me aburrió, luego pasamos junto a una oficina de dianética y me acordé de Tom Cruise y de que los thetans de Ronald Hubbard habían depositado espermatozoides en el fondo de la tierra hace millones de años, qué cosas. Luego mi amiguis me dijo que un día estaba en el baño de un restaurante y una rata quería salir de la rejilla de la coladera, también me contó cuánta decepción siente cuando su amante llega a casa usando calzones viejos, sin resorte y con agujeros, y le gusta hacer pipí sin cerrar la puerta del baño. Pedimos sushi y le conté que hace tiempo yo confiaba en un sujeto, un día fui a su casa y conversamos sobre música, la vida y todo cuando de pronto él fue al baño e hizo pipí con la puerta abierta y desde entonces todo ha cambiado entre nosotros, sé que al final del día las cosas no se pueden reducir a que una puerta me separe de la pipí ajena, ¿por qué me importa tanto? Pero simplemente quedé perturbada y jamás me atrevería a tocar el tema, ahora ya ni quiero ir a su casa. Continuamos platicando de la gente y sus malos hábitos, su falta de higiene y su vecino que es un sujeto raro, como policía que guarda en la cochera un automóvil cubierto con una manta, tal vez en la guantera esconde los dientes del cadáver que la policía no ha podido identificar, pensé. Los restos de alguien que obstaculizaba sus planes. Pero al menos hay que reconocerle que aún le importa cubrir sus acciones con una manta. Lo único que nos falta es que los despiadados, además de asesinar, dejen el cuerpo pudrirse al aire libre, es que eso ya sería el colmo. Después llegué a casa y puse una peli titulada El enigma de Kaspar Hauser, sobre un sujeto alemán que vivió toda su infancia en cautiverio, y aprendí que el actor había sido brutalizado por su madre prostituta y luego por las autoridades, y que no confiaba en el director de la peli, que estaba seguro de que él y los actores querían robarle pasta y denunciarlo con la policía, dormí otra vez como 15 horas hasta despertar exhausta, leí el periódico y bajé a comprar paletas de caramelo, me pregunté cómo es que a veces nada me molesta, es excelente, ya sólo me falta subir a la azotea a leer, podría ser perfecto sin los niños del edificio. Me parece que en los momentos de desajustes uno debería cerrar el pico, quizá la respuesta nunca ha estado en escarbar neurosis y todas esas patrañas, además eso me parece de muy mal gusto ("en lo que estamos aquí, habrá que combatir el tedio imaginando nuevas ciencias"). Tal vez sea sólo como ver una enorme pintura del campo con decenas de árboles, en esta imagen tienes suerte de ser un grano de tierra o una manzana, y que seas un fruto delicioso o en estado de descomposición, es mínimamente relevante en el conjunto de la escena. La gente luego se pone muy mal y cursi cuando se da su importancia sólo porque creen ser capaces de abstraer el universo, de que su mente es tan infinita como el infinito, pero es que eso también es mínimamente relevante, hasta los sueños más disparatados tienen su dimensión, y en el gran estado de las cosas, un mastodonte no pesa más que una liendre. Por eso ser parte del paisaje por unos cuantos años, andar cabizbajos, ir de compras, pudrirse en un trabajo aburrido, rascarse los codos o enamorarse, todo eso significa en sí mismo tanto... la existencia no está esperando a que unos nanomicrobios soberbios la califiquen o la midan, ¡qué tontos son! Porque como sea, al menos fuimos, hasta la nada ES la nada, ¡para mí queda muy claro!

Wednesday, March 12, 2008

Estebancito

Yo siempre evité a los niños, me incomodaba su energía, los veía como insensatos portadores de endorfinas y poco más que eso. Cuando cargué por primera vez a la bebé de mi prima, me sentí como un fenómeno, una estafa andante, y regresé muy mal a casa, muy conmovida por ser precisamente yo la del comportamiento anómalo, como si cargar piedras me resultara más ligero.

Durante años me las arreglé para ser ignorada por los hijos de los vecinos. De vez en cuando, en el metro, alguna mirada infantil e inquisitiva lograba llamar mi atención. Es lo que tienen, la mirada directa, ésa que nadie conserva al llegar a, digamos, los 25. Siempre ganaban. Por eso había que evitarlos.

Yo evitaba a los niños como a los adultos, a mi famila, vecinos y amigos, y no puedo decir que en mi vida moví un dedo para hacerme de enemigos, ni eso. Casi nunca tuve elementos de drama, mucho menos de tragedia. También evitaba al jardinero y a la chica de telemercadeo, a los limosneros y las señoras conversadoras en los probadores del almacén. Vaya, que gasté casi toda mi modesta producción de endorfinas y esos elementos químicos que componen la vida en evitar a la gente, pero a quien nunca pude evitar fue a Estebancito.

Un día se acercó a mí. Es lo que Estebancito tenía, que sin conocerte se acercaba a ti y te contaba historias increíbles. Me preguntaba si este niño de siete años no era presa de su imaginación. Sé que nadie ha podido contarme anécdotas tan intrigrantes, con un lenguaje corporal casi preocupante: Estebancito sudaba excesivamente mientras hablaba, como si estuviera a punto de desvanecerse. A veces se ponía tan mal que tartamudeaba. Recuerdo que estaba sentada en la esquina de la banqueta, comiendo una manzana. Era una calle cerrada, sin tráfico vehicular. A veces daba la sensación de que nada pasaba en esa calle. Estebancito llegó caminando con una tremenda joroba, pálido y con una agujeta desatada:

- No los aguanto, ahora se les ha ocurrido desenterrar al búho del Sr. Gálvez, el que escondimos en el jardín el otro día. Les dije que estaba mal, pero me obligaron a mirarlo, siempre me obligan a hacer cosas que no quiero.

- ¿Por qué no haces amistad con otros niños?

- No son mis amigos, son los chicos de la cuadra y estoy con dos de ellos en el equipo de natación. Kevin es el que controla todo. El otro fin de semana su papá se los llevó de campamento. Lo bueno es que yo me enfermé, algo de las amígdalas, y no fui. Creo que ya se dio cuenta de que no quiero estar con ellos. Yo fui el último que se enteró de lo del búho. Cuando regresen van a venir por mí.

- Tal vez se calme si hablamos con su papá...

- Cuando estuve solo no fue tan diferente. Desde el verano he estado coleccionando mariposas y abejas en una caja de zapatos. Ya sé que está mal, creo que no lo voy a volver a hacer. Me gustaría que la caja fuera transparente para ver cómo se quedan sin aire. Qué tal si es cierto lo que dijo mi mamá el otro día, que Dios siempre nos vigila. Casi no puedo dormir porque guardo la caja debajo de la cama, pero al día siguiente lo vuelvo a hacer. Me imagino que salen en la noche, que nunca se mueren.


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No sé por qué recordé esta conversación con Estebancito hace tres días, cuando leía que en ciertas filosofías orientales se considera que en la vida hay dos grandes fases de cambios y "reajustes": al llegar a los 30 años, y a los 60. Digamos que los 30 es una ocasión impostergable para reflexionar sobre las cosas que has hecho bien y las que lucen podridas. Y cuando debes cambiar completamente de rumbo y empezar de cero, o seguir por donde vas, aunque en el fondo sepas que está mal. La gran mayoría de la gente sigue el segundo rumbo, claro. Cuando llegas -si llegas- a los 60, reflexionas sobre esa decisión que tomaste treinta años atrás, pulsas el "rewind" y la peli casi siempre parece de horror, o peor, te duerme. Pienso en esto, y en lo insensato y brutal que es tener el poder de cambiar el rumbo, de tener cajas con insectos sólo porque puedes. O quedarse a ver la acción de los chicos malos desde tu pupitre en la esquina. Parece que cualquier posición que adoptes, incluso el sacrificio máximo, quienes por voluntad se convierten en la abeja atrapada, carece de sentido. ¡Es una broma muy pesada! Soy sólo una persona que posterga el segundo rumbo, y nunca sé bien qué hacer; a Estebancito sólo pude ofrecerle la manzana extra que siempre llevo conmigo.